Tomo un café a la hora de la siesta. Apoyada en la barra, sin libro ni periódico a mano, observo la pantalla de una televisión muda. Me engancho al primer golpe de vista: un paisaje blanco, nieve abundante que cae de un cielo borrado por el frío, una procesión de pingüinos que camina hacia no sé dónde. Los veo de espaldas, negros, a cientos. Hay algo de inquietante en esa estampa. Por un momento, me parece estar viendo siluetas humanas. La cámara se acerca y enfoca a individuos concretos. Los veo de cerca, sus extraordinarios colores, la enorme belleza de sus cabezas, la perfección de sus picos. Aprecio su singularidad y la admiro mientras doy los últimos sorbos.
Salgo a la calle y me pongo los guantes. Mientras camino, pienso en que, en cuanto tenga un rato, dedicaré unas líneas a la hermosura del pingüino. Tan extraña.
Salgo a la calle y me pongo los guantes. Mientras camino, pienso en que, en cuanto tenga un rato, dedicaré unas líneas a la hermosura del pingüino. Tan extraña.
C.M.SB.
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