El niño raro agarró un puñado de letras y se encaminó hacia el monte. Una vez allí, abrió agujeritos en el suelo e introdujo en ellos vocales y consonantes. Luego, regó suavemente y emprendió el camino de vuelta. A cada pocos pasos, volvía la cabeza. No se sabe si para recordar el sendero o porque le daba pena dejar a sus letras solas bajo la tierra. En cualquier caso y para sí, repitió la promesa de regresar. Y así lo hizo. Cada 25 de cada mes, retornó al lugar en el que había plantado sus letras. Y en cada visita, una alegría. Un tallo aquí, una hoja allá. Y, así, con el tiempo, cada semilla se convirtió en planta. Y cada planta floreció en primavera. Pero en lugar de flores, libros. En lugar de pétalos, palabras. En lugar de fragancias, historias. Y cuando soplaba el viento, el monte entero hablaba. De aventuras y amores. De piratas y princesas. De castillos y mares.
C.M.SB.
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