Allá donde iba llevaba la lluvia. Igual daba un salón de té que un campo de fresas. La lluvia perseguía al niño raro. Le ocurría también cuando dormía. Así, sus sueños se desarrollaban entre charcos y cascadas. También sucedía que el musgo y los líquenes se adherían a su cuerpo, de forma que su piel adquiría los tonos y la suavidad de las piedras que habitan los ríos. La presencia del niño raro despertaba la curiosidad y llenaba el aire con el color de los paraguas.
C.M.SB.
