Las hojas secas se amontonan en cada rincón del bulevar. Mientras Luna busca tesoros escondidos en esos montones, yo observo las ventanas que nos rodean. En una de ellas cuelga la bandera de España. En la de al lado, un Papá Noel, rojo chillón. En la de más abajo, hay tres Reyes Magos que penden de una soga. Todos desafían al viento que sopla. Y ahí siguen, zarandeados, intentando representar al que está dentro de las cuatro paredes, al que oye sin escuchar el rugido del aire y el susurro de las hojas muertas.
Nada es comparable a la satisfacción de ver cómo las palabras se van posando sobre el papel, cómo ante tus ojos se va construyendo esa historia que guardabas en tu interior sin ni siquiera tú saberlo. A veces, las líneas se suceden con tal facilidad que da la sensación de que lo que escribes ya existía, que, de alguna manera, la narración ya estaba en la página y tú, tan sólo, has encontrado la forma de descubrirla, como en esas escenas tantas veces vistas en el cine en las que alguien enciende una llama bajo una hoja en blanco y, poco a poco, las palabras trazadas con tinta invisible se han ido destapando hasta dejar a la vista un mensaje revelador, inesperado y enteramente tuyo.
Tomo un café a la hora de la siesta. Apoyada en la barra, sin libro ni periódico a mano, observo la pantalla de una televisión muda. Me engancho al primer golpe de vista: un paisaje blanco, nieve abundante que cae de un cielo borrado por el frío, una procesión de pingüinos que camina hacia no sé dónde. Los veo de espaldas, negros, a cientos. Hay algo de inquietante en esa estampa. Por un momento, me parece estar viendo siluetas humanas. La cámara se acerca y enfoca a individuos concretos. Los veo de cerca, sus extraordinarios colores, la enorme belleza de sus cabezas, la perfección de sus picos. Aprecio su singularidad y la admiro mientras doy los últimos sorbos.
Salgo a la calle y me pongo los guantes. Mientras camino, pienso en que, en cuanto tenga un rato, dedicaré unas líneas a la hermosura del pingüino. Tan extraña.