Frente a esos árboles y toda esa vida que muere cada verano, se me ocurre que deberíamos reservar espacios que fueran exclusivos para plantas y animales, que solo ellos pudieran habitarlos y que nosotros tuviéramos prohibido poner un pie en ellos, que permanecieran vírgenes, libres y a salvo de nuestras obras. Que fuéramos generosos y que nos conformáramos únicamente con tener noticia de esos paraísos. Que nos contentásemos con el placer de saber de su existencia. Como si fueran sueños reales y para siempre inalcanzables.
C.M.SB.
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