Sigo un camino de viento
que los ojos no pueden ver.
Una tumba frente al agua
(Taneda Santôka)
Caminas y pasas por delante de esas viviendas recién estrenadas. El ventanal de uno de los bajos queda a la altura de tus ojos. Es de noche y las luces del salón están encendidas. No hay cortinas. Miras y ves a una mujer joven sentada en el sofá. La televisión está encendida y ella sostiene en la mano una copa de cristal. Inclina ligeramente la cabeza hacia atrás y da un sorbo corto. Después, picotea de una bandeja y, mientras mastica, sigue con la mirada puesta en la pantalla. Como siempre, como si fueras el fisgón de la Ventana indiscreta, analizas esa escena cotidiana, esa imagen encerrada en algo muy parecido a un fotograma. Por un instante, envidias la comodidad del asiento mullido, el sabor del vino y de la tapa que lo acompaña. Envidias esa sensación de calma, de fiesta solitaria y privada. Envidias el sosiego evidente de esa desconocida que, ante tus ojos, estrena un espacio nuevo, quizás una vida nueva.
| En la imagen: La ventana indiscreta, 1954 |
El pasado no existe, es una ilusión de nuestra memoria. Y el futuro es una ilusión de lo que queremos, tampoco existe. Y estar en el presente es lo que más nos cuesta, porque en el presente tienes que vivir, y vivir es doloroso. El ser humano todavía no ha aprendido a hacerlo, está siempre cogiendo registros del pasado y tratando de adelantar el futuro.
(Lita Cabellut)
| Obra de Lita Cabellut |
Observas la sábana tendida. Es de un color rosa fuerte. Sopla el viento y la tela ondea con tales bríos que parece querer liberarse de las pinzas y volar como un pájaro. Rápidamente tu mente se pone en marcha e imagina que, con cada sacudida, se desprenden del tejido los sueños que han sobrevivido al chaparrón de la lavadora, al efecto del detergente, al afán de borrar cualquier huella que conserve el calor del cuerpo o las arrugas fabricadas en la noche, los pensamientos y preocupaciones, los suspiros o las horas de silencio, la inconsciencia. La tela se agita con el ansia de atrapar el cielo, con el deseo de convertirse en nube, de planear por encima de los tejados para contar a la ciudad los secretos guardados entre sus pliegues aún húmedos. Observas la sábana tendida y deseas que el viento sople un poco más, que la arranque por fin de la cuerda para verla transformada en una cometa que ha conseguido cortar los hilos.
C.M.SB.
| ¿? |
El coche avanza por calles desconocidas al mismo tiempo que caen la noche y la lluvia. Mientras, la voz femenina e impersonal del GPS indica direcciones y distancias. Aun así, a pesar de esa sucesión de pautas, os encontráis perdidos en un paisaje urbano y destemplado. Tú ocupas el asiento del copiloto y observas en silencio el rodar de los otros coches, el caminar de la gente que aferra con ambas manos el paraguas. Los otros vehículos circulan con aparente seguridad y tienes la sensación de que los que andan por las aceras saben exactamente el rumbo a seguir. Sin embargo, lo cierto es que podría ser una fantasía tuya. Quizás todos los que están ahí afuera, más allá del cristal de tu ventanilla, se mueven con la misma sospecha que vosotros, con el mismo temor de no llegar nunca al sitio al que desean ir. Tal vez ellos se sientan igual de perdidos, sin saber si el camino correcto se halla a la derecha o a la izquierda. Sí, es probable que las certezas de los demás solo estén en tu imaginación.
C.M.SB.
| ¿? |