A veces la vida es mejor que el mejor de los sueños.
Ciruela
(Emma Chichester Clark)
El calor se hacía insoportable mientras el cielo desaparecía tras una inmensa nube de polvo. El viento, tan abrasador como el asfalto, traía y llevaba hojas arrancadas a los árboles. Caminaban un poco echados hacia delante, levantando de vez en cuando la mirada hacia lo alto, observando cómo esa bóveda de plomo se cerraba como un puño. La ropa se les pegaba al cuerpo y el pelo, zarandeado a uno y otro lado, les tapaba la cara y les mostraba la calle como si la vieran a través de un espejo roto. En un instante, la gigantesca nube adquirió el color del fuego y, un segundo después, precedido del relámpago, sonó el trueno. Las primeras gotas, grandes y aisladas, imprimían huellas redondas en la acera. A pesar del calor, ella sintió un escalofrío. Tenía la sensación de que el puño apretaba cada vez más, como si el cielo se estuviera curvando, como si se estuviera transformando en una esfera, en una bola de cristal, de esas que contienen una ciudad chiquitita, de esas que el niño agarra y agita para divertirse viendo cómo cae la lluvia cuando pone el mundo del revés.
C.M.SB.
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Los libros son albergues de la memoria, espejos donde mirarnos para poder parecernos más a lo que deseamos ser.
Manifiesto por la lectura
(Irene Vallejo)
Una vez más, visitas la oficina de Correos. Vas a enviar un sobre grande y abultado, un sobre que contiene una historia y muchas esperanzas. Mientras esperas en la cola, observas lo que bulle a tu alrededor: a la mujer que ha preparado con esmero un paquete y que hace los trámites necesarios para que llegue a su destino, a ese hombre que aguarda frente al mostrador y que recibe un envoltorio enorme. El gesto de ambos es de impaciencia, hay cierta tensión en sus cuerpos, un leve nerviosismo que solo se calmará cuando salgan a la calle. Son dos inquietudes distintas. Probablemente la de ella reside en que su paquete llegue lo antes posible a las manos a las que va dirigido. Y no es difícil suponer que la de él consiste en abrir cuanto antes ese envoltorio para encontrarse con lo que tanto ha esperado o, por el contrario, con una sorpresa que nunca hubiera imaginado. Observas también a las dos empleadas. Una tiene el gesto aburrido de la rutina. La otra, transmite vitalidad, ganas de hacer bien su trabajo. Te quedas con la segunda. Quizás porque piensas que ella es consciente de formar parte de un proceso mágico. Tal vez ella sabe que es una pieza imprescindible para que se ponga en marcha esa maquinaria que permite el intercambio de mensajes convertidos en palabras o en objetos que viajan de un lugar a otro para cubrir la necesidad o las ilusiones de alguien que está lejos. Cuando sales a la luz del sol, piensas en el contenido de ese sobre tuyo que ha quedado amontonado sobre otros. Lo ha sellado la empleada desganada, la misma que ha recibido con indiferencia tu gratitud, la que no ha sabido ver que ella era la primera puerta que traspasaban tu historia y tu esperanza.
C.M.SB.
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Vuelves a leer Ventanas de Manhattan de Antonio Muñoz Molina. Y, como la primera vez, disfrutas de sus descripciones detalladas, de su observación minuciosa de paseante incansable, de su manera de caminar por la vida y de su capacidad para narrarla. De su mano, recorres las calles de Nueva York y, gracias a sus palabras, contemplas el mundo a través de sus ojos. Con él, te detienes ante los escaparates de las tiendas, entras en las librerías, te sientas en un café muy cerca del cristal, recorres el interior de un edificio de apartamentos, asistes a exposiciones, espías la prisa de las gentes que andan de acá para allá evitando la mirada de los otros. En su compañía, te prendas de los colores de las hojas en otoño y te fascinas con la visión de personajes solitarios y marginales que no van a ninguna parte porque no hay nada ni nadie que los espere. Con él, sientes el frío del invierno, el azote del viento, el ruido incesante, la impaciencia de la ciudad. Pasas las páginas y te sumerges en la música, en el jazz de los clubes, en las notas de instrumentos que suenan en cualquier esquina, entre el rumor de motores y pasos. Y vuelves a notar el cosquilleo de la curiosidad, las ganas de visitar a autores y obras que él ama. Así, descubres o recuerdas el arte en sus distintas formas, las mil posibilidades de expresión, la necesidad de contar, de dejar alguna huella en el tiempo. Como la primera vez, las palabras de Muñoz Molina te invitan a abrir bien los ojos, a escuchar, a asomarte a todas las ventanas que se abran ante ti.
C.M.SB.
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| Escultura de Manolo Valdés |
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| Escultura de Juan Muñoz |
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| Pintor: Richard Estes |
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| Pintor: Edward Hopper |
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| Pintor: Pieter Brueghel el Viejo |
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| Fotografía: Richard Avedon |
Te cuenta una amiga que está instalando una piscina en su jardín. Y te dice que ha aconsejado a su vecino que retire el césped de su patio para evitar que el polvo de las obras lo ensucie. ¿Retirar el césped? Por un instante, la expresión te desconcierta. Luego, caes en la cuenta de que evidentemente la hierba del vecino es artificial. La puede enrollar como si fuera una alfombra y extenderla de nuevo una vez que la piscina de al lado esté terminada. Mientras tu amiga te sigue contando, tú asientes sin decir palabra, como si todo te pareciera de lo más natural, pero lo cierto es que tu pensamiento sigue anclado en ese césped de quita y pon, en esa superficie de plástico que irá perdiendo color verano tras verano, en esas hebras falsas que no requieren riego ni lluvias, ni dejan lugar a las flores silvestres, ni huelen deliciosamente cuando se las corta. Sí, tu pensamiento se ha quedado anclado en ese elemento de decorado, de artificio, de vida sin vida.
C.M.SB.
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