lunes, 17 de octubre de 2016

Día de las escritoras

En el día de las escritoras, comienzo un nuevo libro escrito por una de mis autoras preferidas: Cristina Fernández Cubas. Se trata de una obra de teatro: Hermanas de sangre. 
Abro el libro sobre la mesa de un bar, junto a un ventanal por donde se cuela la luz gris que nos acompaña hoy. Si extiendo la mano, alcanzo mi inevitable café. Seguro que hay vida más allá de las páginas, pero yo la olvido para dejarme llevar por las palabras. Las voces de las protagonistas, todas ellas mujeres, suenan en mi cabeza y, conforme avanzo en la lectura, cada una de ellas va adquiriendo un rostro, unos gestos concretos. Sus cuerpos cobran volumen y oigo sus pasos cuando se acercan a mí para contarme una historia, la de un crimen sucedido muchos años atrás, en los lejanos tiempos de la infancia.
Ya estoy atrapada.

C.M.SB.

Cristina Fernández Cubas



viernes, 14 de octubre de 2016

jueves, 13 de octubre de 2016

Tan pequeños

Como siempre, leo el dominical de El País con varios días de retraso. Entre sus páginas encuentro la obra de Michele Durazzi. Me impacta de tal modo que no puedo apartar la mirada de esas imágenes. Hay algo hipnótico e inquietante en esos espacios inmensos de colores muy claros en los que aparece la figura humana, muy pequeña, casi insignificante, y, sin embargo, con el protagonismo que adquiere la vida cuando se contempla a través de un microscopio. Sin poderlo evitar, recuerdo un sueño recurrente que me ha perseguido durante años. En él, me veía flotando en el agua. A mi lado, tan cerca que podía tocar su casco con las manos, un barco inmóvil y silencioso, de dimensiones gigantescas, vacío. Recuerdo que siempre me despertaba con el sabor del miedo en la boca. No el miedo a ahogarme o a ser aplastada por aquel monstruo de metal, sino por sentirme tan pequeña, tan perdida y sola frente a lo inabarcable.

C.M.SB.




miércoles, 12 de octubre de 2016

lunes, 10 de octubre de 2016

Una última caricia

Jamás escuché una sola de sus palabras porque su oreja acaparaba toda mi atención. Sí, la oreja izquierda de Anselmo era carnosa, sonrosada y se había desarrollado doblada, como si su dueño, al quedarse dormido en una mala postura durante su niñez, hubiera depositado sobre ella todo el peso de su cabeza y, por tanto,  de su pensamiento, deformándola definitivamente y sin remedio. 
Como decía, nunca presté oídos a sus palabras y, sin embargo, sin ninguna explicación convincente, me casé con él poco después de nuestro primer encuentro.
Nuestra unión se prolongó a lo largo de muchos años, hasta que sobrevino la muerte de Anselmo. Recuerdo que Adelina, aquella amiga fiel que siempre nos visitaba los jueves, trató de consolarme por tan gran pérdida. Yo no me atreví a confesarle que aquel hombre era un completo extraño para mí. De modo que guardé silencio y, tras acercarme al ataúd, dediqué a mi marido una última caricia. Su oreja izquierda estaba más doblada que nunca. También estaba pálida y muy fría.

C.M.SB.

Matylda Jawor

viernes, 7 de octubre de 2016

Palabras para hoy

No importan las cosas que posean o guarden, pensó, los verdaderos solitarios establecen el vacío en los lugares que habitan y en las calles que cruzan.

Invierno en Lisboa
(Antonio Muñoz Molina)


Lisboa