La mañana arranca con el espejismo de una temperatura fresca. Dejas el coche en su sitio y decides ir a pie para disfrutar de lo que la calle te ofrezca. Sin embargo, sin cumplir tu propósito, te metes tanto en tus pensamientos que llegas a tu destino sin darte cuenta. Luego, lees durante el café y te adentras en las páginas. El mundo que te rodea, por tanto, desaparece de nuevo y te olvidas de mirar. Pero, por fin, cuando te acercas a la barra para pagar, aterrizas y observas. Ves entonces a esas dos mujeres que desayunan juntas. Hay cierta tensión en su postura. De ahí deduces que no son íntimas. Tal vez compañeras de trabajo, no más. Ves a ese grupo de cuatro. Seguro que ellos sí están unidos por una relación de verdadera confianza. Se nota en sus cuerpos, más relajados que los de las dos mujeres. Tus sentidos se centran en el oído y capturas una conversación entre un cliente y el camarero. El cliente habla de un jugador de fútbol. Lo hace con gesto grave, como si la vida le fuera en sus jugadas, cuestionables, según su criterio. Les interrumpes y compruebas que el hombre te contempla malhumorado. Y, mientras el camarero te cobra la consumición, te quedas mirando al comentarista aficionado. A las claras se ve que sigue rumiando sus opiniones futbolísticas. Ahí te quedas hasta que eres consciente de que quizá no es educada tu fascinación. En ese instante, los ojos se trasladan a otro cliente que escucha con gesto inquieto un audio en el móvil. Y así, enganchada con la observación de unos y otros, te percatas de que es hora de marcharte. Cuando sales a la calle, se te queda corto el trayecto. Te gustaría seguir mirando, continuar empapándote del espectáculo de la gente, de la vida de esta mañana que arranca bajo un frescor que es puro espejismo. Quisieras cumplir tu propósito inicial, pero ya es tarde.
C.M.SB.
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