Abres el libro en el punto justo en el que lo dejaste. Y, cuando vuelves a él, a sus palabras, sientes lo mismo que si volvieras de un viaje. Por unos días o por unas horas, te has adentrado en un paisaje diferente, pero regresas y, al abrir la puerta de casa, te encuentras con lo familiar: el olor de las estancias, tus cosas ocupando el lugar en el que las abandonaste, alguna tarea a medio hacer. Regresas a las páginas y ahí están los personajes, dispuestos a hablarte de nuevo, a ponerse otra vez en movimiento. Vuelves a esa historia interrumpida y te bastan unas pocas líneas. Pronto tienes la sensación de no haberte ido nunca. Así que te pones cómoda y disfrutas del reencuentro. Parece que el tiempo no ha transcurrido. El viaje se aleja y se instala en el pasado. La lectura, en cambio, se hace puro presente y lo que toca es dialogar con ese amigo que nos esperaba sobre la mesa, bajo el silencio de la casa sin ti.
C.M.SB.
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