En unos pocos pétalos,
toda una primavera.
C.M.SB.
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| Fotografía: C.M.SB. |
Abres el libro en el punto justo en el que lo dejaste. Y, cuando vuelves a él, a sus palabras, sientes lo mismo que si volvieras de un viaje. Por unos días o por unas horas, te has adentrado en un paisaje diferente, pero regresas y, al abrir la puerta de casa, te encuentras con lo familiar: el olor de las estancias, tus cosas ocupando el lugar en el que las abandonaste, alguna tarea a medio hacer. Regresas a las páginas y ahí están los personajes, dispuestos a hablarte de nuevo, a ponerse otra vez en movimiento. Vuelves a esa historia interrumpida y te bastan unas pocas líneas. Pronto tienes la sensación de no haberte ido nunca. Así que te pones cómoda y disfrutas del reencuentro. Parece que el tiempo no ha transcurrido. El viaje se aleja y se instala en el pasado. La lectura, en cambio, se hace puro presente y lo que toca es dialogar con ese amigo que nos esperaba sobre la mesa, bajo el silencio de la casa sin ti.
C.M.SB.
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| ¿? |
Ese paraguas discute con el paisaje. A la vista está que no hay acuerdo. El uno tan alegre. El otro tan frío. De la mujer poco o nada sabemos. Solo que, para nosotros, no tiene rostro. Lo más seguro es que esté posando. Un encargo probablemente. Sobre la imagen podríamos divagar. Ante la figura hay un camino que marca curvas claras. Siempre da juego el sendero que está trazado. Siempre se puede pensar en la posibilidad de saltarse los bordes y pisar otro terreno. En este caso, el que está cubierto por la hierba. Si uno se fija bien, no se sabe si la mujer avanza o finge andar. Casi intuitivamente se podría pensar que va a dibujar con sus pies el camino evidente. Pero, ¿y si no es así? ¿Y si la viéramos pisar la hierba? ¿Y si soltase el paraguas? ¿Y si viniera un manotazo del viento y se lo arrancara? ¿Y si el paraguas se escapara? ¿Y si sus colores fueran en busca de otro cielo, más alegre y con el que estuviera en sintonía? ¿Qué ocurriría si el paraguas viajara a un paisaje con el que firmase la paz? ¿Y si apareciese un nuevo personaje en la escena? La lista de preguntas puede ser infinita. El entretenimiento está servido.
C.M.SB.
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| ¿? |
Las olas apenas los balancean en esas aguas en calma. Los marineros, somnolientos, con la tripa llena de hambre, ocupan sus puestos. Han perdido la cuenta de los días. Ya no maldicen la fecha en que se embarcaron, tampoco aquella voz que les habló de aventura, de riquezas en otras latitudes. También han olvidado sus planes de amotinamiento. Total, para qué. Saben que nunca llegarán a su puerto y que sus viudas les llorarán sin sospechar que ya ni siquiera las recuerdan. En esas andan cuando un hombre grita: ¡Tierra! Pero ya nadie se deja engañar. Siempre fue un tramposo.
C.M.SB.
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| ¿? |
Lees, llenas de historias los huecos que se abren en la mañana. Y lo haces dentro del coche. Desde los cristales, ves cómo el cielo se oscurece y sientes, ahí afuera, el soplo del viento en las ramas. Suena un trueno y, como si de un refugio se tratara, te adentras más en el libro, en el espacio pequeño, en el silencio a medias. Por un instante, anticipas el placer de la lectura con un fondo de gotas sobre la chapa. Ningún plan te parece más apetecible. Sin embargo, el paréntesis se empieza a cerrar y debes volver a las obligaciones. Dejas una marca entre las páginas y caminas. La tormenta, sin el cobijo de las palabras, es ahora solo ruido y agua.
C.M.SB.
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| ¿? |
Allá donde iba llevaba la lluvia. Igual daba un salón de té que un campo de fresas. La lluvia perseguía al niño raro. Le ocurría también cuando dormía. Así, sus sueños se desarrollaban entre charcos y cascadas. También sucedía que el musgo y los líquenes se adherían a su cuerpo, de forma que su piel adquiría los tonos y la suavidad de las piedras que habitan los ríos. La presencia del niño raro despertaba la curiosidad y llenaba el aire con el color de los paraguas.
C.M.SB.